El
teléfono no le suena... Ella, espera...
Hace
unos días que mira cada instante el móvil esperando un mensaje o una
llamada que no llegan pero que llegarán... Sabe que llegarán y lo
espera... Espera que llegue ese instante para oír, otra vez, su voz.
Espera
impaciente, porque sin esos instantes del día es como si le faltara
algo... Es como si le faltara el aire o como si fuera corriendo y de
repente la tierra se hundiera... y se cayera al vacío... Porque le
falta... Le falta oírle la voz... Le falta su “buenos días
princesa”... Le falta saber como está, porque si él está bien,
ella también y si no lo está, ella estará allí para sacarle esa
sonrisa que tanto le gusta...
Esa
sonrisa que hace que, él, sea especial, esa sonrisa que la enamoró
esa noche... Tan pura, tan sincera... Esa sonrisa que le recuerda a
esa noche tan mágica... La mejor noche, sin duda...
Esa noche en la que las miradas se cruzaban tímidamente... Esa noche en la que las miradas se llamaban y gritaban: “Mírame, mírame...”
Deseaban cruzarse una vez tras otra... Y lo hacían porque, esa noche,
se deseaban...
Se
deseaban y después de unos años lo seguían haciendo... Porque se
amaban... Y deseaban hacerlo durante el resto de sus días... Y se
juraban cada día “para siempre”...
Al
fin suena el teléfono, vuelve a oírle la voz, ella sonríe... Y a
la vez, suspiran y se susurran un te quiero. Un te quiero tan sincero
que hace parar el mundo y todo lo de alrededor desaparece mientras
ellos sonríen...


