dimecres, 7 d’agost del 2019

El penúltimo adiós.


Como si fuera ayer, ella, la recordaba en cada suspiro, en cada paso que daba, en cada sueño y en cada noche de desvelo… Pero no era ayer, porque las separaban 6 meses de distancia, miles de kilómetros hasta las estrellas y unas ciento ochenta noches de despedidas.
Pero a pesar del recuerdo, ese que le apuñalaba hasta las entrañas, ese que llegaba cada día y tocaba su puerta sin darle tregua alguna, la vida continuaba… Y eso era lo que más le dolía, que la vida continuase, sin ella. Y que la gente la empezara a olvidar, porque la mataba el olvido y es que si algo tenía claro era que nadie moría si alguien le pensaba y por eso odiaba que la gente la olvidara o que no preguntaran por miedo a preguntar. Porque qué más dan unas lágrimas por hablar de ella mientras se la recuerde, y no se la olvide. Porque no hay nada más bonito que el recuerdo y las sonrisas, aunque sean entre lágrimas, que salen del pensar.
Porque ella, a pesar de no sentirla ni vivirla, no creía en los puntos y finales y menos en las despedidas a larga distancia. Por eso siempre era el penúltimo adiós, aunque ya no estuviera, aunque la distancia fuera más larga que ese adiós que en realidad nunca hubo por miedo a perder. Porque el adiós es para siempre y un hasta luego está menos cerca de un fin y más cerca de un principio. Por eso su secreto siempre fue que lo de ellas era un penúltimo adiós, una penúltima caricia, un penúltimo beso y un penúltimo suspiro. Aunque ahora, después de estas líneas ya no era su secreto, sino el de todo el mundo. Pero que más daba si lo importante era creer que el final nunca había llegado y que el recuerdo siempre las mantendría juntas, a pesar de los ciento ochenta amaneceres de distancia y de las lágrimas derramadas en las noches en vela, a pesar de la sonrisa que se dibujaba en su cara al sentirla en su imaginación.