Como si fuera ayer, ella, la recordaba
en cada suspiro, en cada paso que daba, en cada sueño y en cada noche de
desvelo… Pero no era ayer, porque las separaban 6 meses de distancia, miles de
kilómetros hasta las estrellas y unas ciento ochenta noches de despedidas.
Pero a pesar del recuerdo, ese que le
apuñalaba hasta las entrañas, ese que llegaba cada día y tocaba su puerta sin
darle tregua alguna, la vida continuaba… Y eso era lo que más le dolía, que la
vida continuase, sin ella. Y que la gente la empezara a olvidar, porque la
mataba el olvido y es que si algo tenía claro era que nadie moría si alguien le
pensaba y por eso odiaba que la gente la olvidara o que no preguntaran por
miedo a preguntar. Porque qué más dan unas lágrimas por hablar de ella mientras
se la recuerde, y no se la olvide. Porque no hay nada más bonito que el
recuerdo y las sonrisas, aunque sean entre lágrimas, que salen del pensar.
Porque ella, a pesar de no sentirla ni vivirla, no creía en
los puntos y finales y menos en las despedidas a larga distancia. Por
eso siempre era el penúltimo adiós, aunque ya no estuviera, aunque la distancia
fuera más larga que ese adiós que en realidad nunca hubo por miedo a perder.
Porque el adiós es para siempre y un hasta luego está menos cerca de un fin y
más cerca de un principio. Por eso su secreto siempre fue que lo de ellas era
un penúltimo adiós, una penúltima caricia, un penúltimo beso y un penúltimo
suspiro. Aunque ahora, después de estas líneas ya no era su secreto, sino el de
todo el mundo. Pero que más daba si lo importante era creer que el final nunca
había llegado y que el recuerdo siempre las mantendría juntas, a pesar de los ciento
ochenta amaneceres de distancia y de las lágrimas derramadas en las noches en
vela, a pesar de la sonrisa que se dibujaba en su cara al sentirla en su
imaginación.

