Se estremecía. Con cada mirada. Con
cada palabra. Se dejaba llevar hasta la luna cuando él la miraba.
Él la
observaba con sus ojos estrellados, mientras el mundo giraba y repiqueteaban
sus tacones a cada paso. Él, la miraba, adorándola, amándola y ella, ella se
estremecía.
Y sin sentido se dejó amar, se dejó
acariciar a cada paso, porque él, que era su lucero cuando todo oscurecía la
hacía sentir excepcionalmente viva.
Ella tan suya y él tan suyo. Tan suyos
mutuamente que, con los ojos cerrados, al recorrer sus dedos por sus pieles reconocían
cada cicatriz, cada tatuaje, cada latir… Y ella, que memorizaba sus lunares
cada noche, entre abrazos y besos, como si fueran su constelación favorita, seguía
dejándose amar. Amar de amor. Amor vivo de vivir, vivir sin condiciones ni porqués.
Vivir libres, tan libres que se podían amar hasta en la distancia, porque su
amor era de los más puros que habían sentido en su corta vida. Y mientras sentían
o, mejor dicho, mientras se sentían, se dejaban acariciar su desnuda piel en
las largas noches de verano haciéndola estremecer, otra vez.

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