dimecres, 31 de juliol del 2019

Se estremecía


Se estremecía. Con cada mirada. Con cada palabra. Se dejaba llevar hasta la luna cuando él la miraba. 
Él la observaba con sus ojos estrellados, mientras el mundo giraba y repiqueteaban sus tacones a cada paso. Él, la miraba, adorándola, amándola y ella, ella se estremecía.
Y sin sentido se dejó amar, se dejó acariciar a cada paso, porque él, que era su lucero cuando todo oscurecía la hacía sentir excepcionalmente viva.
Ella tan suya y él tan suyo. Tan suyos mutuamente que, con los ojos cerrados, al recorrer sus dedos por sus pieles reconocían cada cicatriz, cada tatuaje, cada latir… Y ella, que memorizaba sus lunares cada noche, entre abrazos y besos, como si fueran su constelación favorita, seguía dejándose amar. Amar de amor. Amor vivo de vivir, vivir sin condiciones ni porqués. Vivir libres, tan libres que se podían amar hasta en la distancia, porque su amor era de los más puros que habían sentido en su corta vida. Y mientras sentían o, mejor dicho, mientras se sentían, se dejaban acariciar su desnuda piel en las largas noches de verano haciéndola estremecer, otra vez.



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