Tienes miedo. Tienes miedo a perderte entre tanta gente, tienes miedo de ser
sólo uno más y que no se te reconozca por ser lo que tú eres, tienes miedo a no
lograr lo que te propongas. Tienes miedo a fracasar, a no llegar, a no ganar. Y
este miedo te va matando poco a poco, sin darte cuenta te destruye por dentro y
te quita los sueños, haciendo de tus sueños la rutina y de la rutina tu zona de
confort, haciéndote creer que estás bien, que no necesitas nada más, que eres
feliz haciendo lo mismo día tras día. Pero en el transcurso de los años
recuerdas que querías ser de adolescente y en tu presente, te miras en el
espejo y ni te reconoces, eres exactamente todo lo que odiabas a tus 17 años,
eres exactamente lo que calificabas como aburrido a tus 25, eres lo que imaginaste a los 30 por preferir darte por vencido y eres lo que a tus 35 decidiste por escoger el camino fácil. Sin darte cuenta que ese maldito camino te
llevaba directamente al precipicio. Sin darte cuenta que acababas de renunciar
a tu felicidad.
El miedo es nuestro enemigo interior, es el “yo” que no nos
permite llegar a la cima, es el “yo” cobarde que no quiere ganar por miedo a
perder, aunque a lo mejor no sabes que perder, muchas veces, es ganar. El miedo
es el “yo” que se sumerge en la cotidianidad haciéndote creer que esta es la
base de tu felicidad. El miedo es el “yo” que te hace creer que elegiste el
camino fácil porque quisiste, pero no, fue él quien te obligo a elegir.
Pero ¿Sabes qué? Nunca es tarde. Nunca es tarde para mirarnos
al espejo y ver si realmente estamos donde quisimos estar cuando nos creíamos
invencibles y soñar era tan fácil. Nunca es tarde para elegir el otro camino e
ir directos hacia el “yo” que queríamos ser. Nunca es tarde para ser feliz.

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