La vida puede llegar a ser la más oscura de las tinieblas durante años,
puede parecerte la peor pesadilla que jamás has soñado y jamás te gustaría
soñar o puede ser un viaje hasta el final más deseado, lleno de lucha y
recompensa.
La vida es un constante tira y afloja entre tú y el destino. Mientras pasan
unos acontecimientos esperas que pasen otros y mientras esperas, va pasando el
tiempo, tiempo que es oro, oro que no nos damos cuenta de lo valioso que es
hasta que empieza a dejar de brillar, hasta que se apaga lentamente y,
lentamente, por desgracia, es la velocidad contraria en la que va la vida.
Solo en esos momentos, en sus últimos días de resplandor, nos damos cuenta
de todo lo que, en su día, dejamos atrás, todo lo que perdimos sin darnos
cuenta, todo lo que no hicimos, todo lo que no... Y este "todo lo que
no..." puede doler tanto que parece desgarrarte el alma y te hace sentir
el más pequeño de todos los seres vivos.
Cuando somos pequeños el tiempo es nuestro mayor enemigo, es eterno, las
horas no pasan, no llegan las navidades que tanto esperamos, los cumpleaños nos
parece celebrarlos cada 10 años, el colegio es una eternidad... Hasta que no
somos más mayores no nos damos cuenta que, en realidad, es nuestro mejor
amigo, el tesoro más preciado. A veces lo dejamos pasar sin más. Otras, en
cambio, lo intentamos aprovechar al máximo. Por desgracia, esto segundo no pasa
tantas veces porque hasta que la vida no pasa, hasta que el tiempo no se nos
acaba, no nos damos cuenta de todo lo que hemos perdido, de todo lo que podríamos
haber hecho incluso teniendo solamente un segundo, un segundo que en nada
desaparece, en nada es arrollado hacia un precipicio en el que no se ve el
final y se va, se esfuma, sin más.
Son así de simples la vida y su tiempo. Aprendamos a ir a su ritmo,
corramos nuestro propio maratón y ganemos, luchemos con el destino. Si nos lo
proponemos, quizá, tenemos tiempo para todo.


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